Novi Sad: la ciudad que nadie visita y todos deberían conocer
Más allá de Belgrado está Novi Sad, la elegante segunda ciudad de Serbia. Desde la fortaleza de Petrovaradin hasta el paseo del Danubio, te contamos por qué los viajeros españoles deberían incluirla en su viaje a Serbia.
NOVI SAD — Hay ciudades que se visitan y ciudades que se habitan. Novi Sad pertenece a la segunda categoría. A 50 minutos en tren de alta velocidad desde Belgrado, Serbia tiene una segunda ciudad que la mayoría de los turistas pasan por alto. Y es precisamente por eso que vale la pena conocerla.
Para los españoles que planean un viaje a Serbia, Belgrado es el destino obvio. Pero quienes se toman el tiempo de cruzar el Danubio hacia el norte descubren una ciudad de ritmo pausado, arquitectura austrohúngara y una calidad de vida que invita a quedarse. Esta guía de Serbia desde España no estaría completa sin dedicar un capítulo a Novi Sad.
Novi Sad es la segunda ciudad del país, pero no parece una segunda ciudad. No tiene la frenética energía de Belgrado ni el peso histórico de otras capitales balcánicas. Tiene otra cosa: una elegancia discreta, un orgullo tranquilo y la certeza de que quien llega, se queda.
Cómo llegar a Novi Sad desde Belgrado
El tren de alta velocidad que conecta Belgrado con Novi Sad es uno de los proyectos de infraestructura más recientes de Serbia, financiado en parte por la Unión Europea. El trayecto dura apenas 50 minutos. Es tan puntual como un tren suizo y tan limpio como uno alemán. Una vez en la estación, el centro está a diez minutos a pie.
También se puede llegar en coche por la autopista A1, que une la capital con la frontera húngara. El trayecto es cómodo y directo, y merece la pena para quienes quieran combinar Novi Sad con los monasterios de Fruška Gora o continuar hacia Subotica y la frontera con Hungría.
Qué ver en Novi Sad: la fortaleza que nunca fue tomada
La fortaleza de Petrovaradin es el símbolo de la ciudad y uno de los conjuntos militares más impresionantes de Europa. Los austriacos la construyeron entre los siglos XVII y XVIII sobre la orilla derecha del Danubio. Dicen que nunca fue conquistada, y viendo sus murallas de piedra, uno lo cree.
Lo que sorprende al visitante no es solo su tamaño —ocupa 112 hectáreas— sino su capacidad para combinar lo militar con lo cotidiano. En sus pasillos hay estudios de artistas, talleres de artesanía y restaurantes que sirven especialidades locales. En verano, el Exit Festival convierte sus fosos y baluartes en uno de los festivales de música más importantes de Europa.
Desde lo alto del baluarte, el Danubio parece un lago. Se ve la ciudad vieja al otro lado, con sus tejados rojos y sus torres de iglesias. Es el mismo río que pasa por diez países, pero aquí tiene un nombre distinto. Aquí es el Dunav.
El reloj de la torre tiene una peculiaridad que desconcierta a los recién llegados: las manecillas están invertidas. La aguja grande marca las horas y la pequeña los minutos. La razón es práctica: los pescadores del Danubio necesitaban ver la hora desde lejos y la aguja grande se veía mejor. Hoy, es uno de los símbolos de la ciudad.
El centro: una calle peatonal que no termina
El corazón de Novi Sad es la calle Zmaj Jovina, una vía peatonal de varios kilómetros que atraviesa el centro histórico. Está llena de cafeterías, tiendas y pastelerías. La gente pasea. Se sienta. Mira pasar el tiempo sin prisa.
A diferencia de Belgrado, donde el ritmo es vertiginoso, Novi Sad invita a la pausa. Las terrazas están siempre llenas —en primavera, en verano, incluso en otoño con mantas— y los camareros no tienen prisa por cobrar la cuenta. Si algo define a esta ciudad es su rechazo a las prisas.
La Plaza de la Libertad es el centro neurálgico. Está presidida por el Ayuntamiento y la iglesia católica del Nombre de María, con su torre de 72 metros. Los edificios son de estilo neorrenacentista y barroco, herencia de la época en que Novi Sad era parte del Imperio Austrohúngaro.
A unos pasos está la sinagoga, que sobrevivió a la Segunda Guerra Mundial y hoy funciona como espacio cultural. Es un recordatorio de que Novi Sad fue, durante siglos, una ciudad de varias culturas y varias religiones. Aún lo es.
El paseo del Danubio: el río como frontera
El Danubio no solo divide Novi Sad de la fortaleza. También es el límite natural con el barrio de Petrovaradin. Caminar por el paseo fluvial es una de las experiencias más agradables que ofrece la ciudad. A un lado está el río, ancho y lento; al otro, los bares flotantes —splavovi— que en verano se llenan de música y gente joven.
El puente de la Libertad, que une las dos orillas, fue reconstruido tras los bombardeos de 1999. Es un símbolo de la capacidad de la ciudad para levantarse, para seguir adelante. Los serbios tienen una palabra para eso: inat. Es esa mezcla de terquedad, orgullo y resistencia que define a todo el país.
Por qué Novi Sad es el destino que nadie visita y todos deberían
A diferencia de Belgrado, que ha atraído inversiones y turismo internacional, Novi Sad ha permanecido en un segundo plano. No hay hordas de turistas. No hay tiendas de souvenirs a cada esquina. No hay colas para entrar a los museos. Esa es precisamente su ventaja.
El viajero español que busca algo auténtico, que ha visitado Praga y Viena y que ya no quiere hacer fotos a castillos de cuento, encuentra en Novi Sad una ciudad real. Viva. Con habitantes que hablan serbio, inglés y, en algunos casos, húngaro. Con una vida cultural que no está diseñada para turistas sino para quienes viven en ella.
En 2022, Novi Sad fue Capital Europea de la Cultura. No fue un título vacío. La ciudad aprovechó la ocasión para renovar sus infraestructuras, abrir nuevos espacios culturales y recordarle a Europa que existe. El legado de aquel año se nota: museos, galerías, festivales de cine y de jazz que atraen a visitantes de toda la región.
Novi Sad para españoles: una ciudad de ritmos conocidos
Para quienes viajan a Serbia desde España, Novi Sad ofrece una ventaja adicional: su ritmo de vida resulta familiar. Es una ciudad mediterránea en el corazón de los Balcanes. La gente come tarde, cena aún más tarde y la conversación es un fin en sí mismo.
La gastronomía local combina influencias húngaras y serbias. El gulaš es abundante, los embutidos ahumados son excelentes y el vino de la región de Fruška Gora merece una visita. Una cena para dos personas en un restaurante del centro cuesta entre 25 y 35 euros, incluido el vino.
La ciudad está a una hora de Belgrado, pero parece mucho más lejos. Y más cerca. Como todos los lugares que merece la pena descubrir.
El viaje a Serbia comienza en Belgrado. Pero no debería terminar allí. Novi Sad espera, a 50 minutos de distancia, con su fortaleza invicta, su río ancho y su certeza de que quien llega, se queda. Y casi nunca se arrepiente.
*Nota: este viaje se realizó en julio de 2026. Los precios son orientativos y el tren de alta velocidad funciona con puntualidad suiza.*
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